En un contexto regional marcado por autoritarismos crecientes, migraciones forzadas y transformaciones profundas en las formas de participación, los estudios sobre cultura política en Centroamérica requieren una revisión urgente de sus categorías fundamentales. Esta necesidad fue el punto de partida del conversatorio Re-Tejiendo lo político: Reflexiones situadas en torno a los estudios sobre cultura política en Centroamérica, donde investigadores/as y activistas de la región compartieron sus reflexiones sobre las limitaciones de los marcos teóricos tradicionales y propusieron nuevas categorías para comprender las dinámicas políticas contemporáneas.
El encuentro contó con las participaciones de Francis Silva, Juan Carlos Gutiérrez, Elvira Cuadra y Carlos Berríos Solórzano, quienes desde sus experiencias en Nicaragua y otros países centroamericanos ofrecieron una crítica contundente a las categorías establecidas y plantearon alternativas metodológicas y conceptuales para investigar la política y la cultura política desde los márgenes.
El conversatorio “Retejiendo lo Político: Reflexiones situadas en torno a los estudios sobre cultura política en Centroamérica” inaugura un ciclo de diálogos y debates permanentes que pretenden problematizar, explorar y visibilizar las subjetividades políticas y las formas de resistencia de las juventudes en Centroamérica.
Ciudadanías transnacionales: Más allá del reconocimiento estatal
Una de las primeras categorías que requiere revisión es la de ciudadanía. Francis Silva abrió esta discusión señalando que la ciudadanía «no entendida únicamente como el reconocimiento formal por el Estado» se está reconfigurando en el tiempo. En el caso de Nicaragua, muchas personas que se manifestaron en 2018 fueron objeto de represión política institucional, despojadas de su ciudadanía y obligadas a migrar. Esta realidad, según Silva, obliga a repensar «cómo se ejerce una ciudadanía plena en condición de migración».
Esta reflexión interpela directamente la concepción jurídica de la ciudadanía que ha dominado el análisis político clásico. La ciudadanía no es solamente un estatus otorgado por el Estado; es también una práctica, un conjunto de acciones mediante las cuales las personas se constituyen como sujetos políticos, incluso cuando el Estado les niega ese reconocimiento. Las comunidades migrantes centroamericanas, las redes transnacionales de solidaridad y las diásporas políticas son espacios donde se ejerce ciudadanía más allá de las fronteras nacionales.
Más allá del adultocentrismo epistemológico y las participaciones invisibilizadas
Otra contribución fundamental del conversatorio fue la crítica al «adultocentrismo epistemológico», concepto que Juan Carlos Gutiérrez utilizó para describir la tendencia a evaluar la participación política desde criterios definidos por adultos. Según Gutiérrez, las categorías tradicionales presentan sesgos institucionales y suponen que la participación requiere ciertos recursos por parte de las juventudes o de la ciudadanía en general.
Este señalamiento tiene implicaciones profundas para la investigación en ciencias sociales. Durante años, los estudios sobre juventud o participación política juvenil (y no juventudes) han partido de la pregunta: ¿por qué los jóvenes no participan? En lugar de preguntar: ¿de qué formas participan? El estallido de 2018 en Nicaragua evidenció que no fueron partidos políticos ni movimientos estructurados los que generaron la movilización, sino actores que habían mantenido una agenda latente en espacios que las categorías tradicionales no registraban como políticos.
En este tenor, Elvira Cuadra aportó una distinción crucial entre prácticas políticas y participación política. Usualmente los estudios se enfocan en analizar la participación política y no las prácticas políticas, explicó. Las prácticas políticas tienen que ver con la concepción de la política, los repertorios de acción colectiva y los espacios donde estas se desarrollan. En el caso de Nicaragua, lo que se transformó después de 2018 fueron precisamente las prácticas políticas entre las juventudes.
Esta distinción es fundamental. La participación política suele medirse mediante indicadores cuantitativos: tasas de votación, afiliación partidaria, membresía en organizaciones. Las prácticas políticas, en cambio, requieren una mirada que capture los significados, las motivaciones y los contextos en los que se desarrollan las acciones políticas. Requiere preguntar no solo qué hacen las personas, sino qué significa para ellas hacer política.
La estética de la resistencia y los nuevos lenguajes políticos
Francis Silva introdujo el concepto de «estética de la resistencia» para describir formas de resistencia que escapan a los marcos tradicionales de investigación. En la experiencia nicaragüense, según Silva, hay formas de resistencia que exploran formatos como el arte, la música y la creación audiovisual, que se convierten en canales para diversificar la forma de hacer llegar el mensaje político. «Estos formatos se convierten en canales para diversificar la forma de hacer llegar el mensaje, un mensaje político que también es auto agenciado y que genera autonomía», explicó.
Carlos Berríos Solórzano amplió esta idea al hablar de los «nuevos lenguajes políticos», incluyendo el artivismo, las performances y la música. Estos espacios, según Berríos, son mecanismos mediante los cuales la sociedad y las juventudes acceden a contenido político. Cuando una pieza de teatro, por ejemplo, está denunciando un caso particular de algún país, también eso te forma o también te hace formar parte de esa discusión», señaló.
Estas reflexiones abren un campo de investigación apenas explorado en Centroamérica. ¿Cómo se construye sentido político a través de formas estéticas? ¿Qué tipo de subjetividades políticas se producen en el encuentro con una canción, una performance o una intervención visual? ¿Cómo circulan estos mensajes en redes digitales y espacios comunitarios? La relación entre cultura y política ha sido estudiada largamente, pero pocas veces hemos tomado en serio las formas estéticas como objetos de análisis político. El concepto de estética de la resistencia nos invita a ampliar nuestro repertorio metodológico: no sólo entrevistas y grupos focales, sino también análisis de producciones culturales, observación de performances, etnografía de espacios artístico, etc.
Culturas políticas plurales: La coexistencia conflictiva
Elvira Cuadra fue enfática al señalar que hay que hablar de culturas políticas, no de una cultura política. Al menos lo que yo he identificado en el caso de Nicaragua es que hay diferentes culturas políticas y hay diferentes procesos de construcción de esas culturas políticas», explicó. Esta pluralidad incluye culturas políticas juveniles, pero también diferencias generacionales, de género, de clase y de etnia.
Juan Carlos coincidió con esta perspectiva y añadió que es necesario abandonar la idea de un único sistema de valores por nación y reconocer la coexistencia conflictiva de culturas políticas territoriales, generacionales, de género, de clase y de etnia. Los marcos clásicos siguen ofreciendo herramientas útiles, sin embargo, esos conceptos mismos puestos en nuestra realidad requieren que haya un ajuste alrededor de una mayor politicidad cotidiana, una mayor resistencia organizada y una memoria territorial», señaló.
Esta concepción plural de la cultura política es fundamental. La política no puede separarse de los contextos culturales específicos en los que se desarrolla. Sin embargo, en los estudios sobre cultura política en América Latina ha predominado un enfoque más cercano a la ciencia política cuantitativa, que busca medir actitudes y valores mediante encuestas estandarizadas. Pensar las culturas políticas como plurales y conflictivas implica reconocer que no existe una sola manera de entender la democracia, la participación o la ciudadanía. Implica también aceptar que estas comprensiones están atravesadas por relaciones de poder, desigualdades estructurales y experiencias históricas diferenciadas.
Metodologías situadas: De la extracción a la coproducción
Una de las discusiones más intensas del conversatorio giró en torno a las herramientas metodológicas para investigar en contextos autoritarios. El debate inició con una pregunta central: ¿qué herramientas metodológicas permiten transitar de una observación externa a una construcción de conocimientos situados que realmente dialoguen con los sujetos políticos?
Al respecto, Juan Carlos enfatizó que la elección de herramientas metodológicas no es solo una opción epistemológica, sino una obligación ética, política y, en muchos casos, una condición de seguridad. Señaló varios principios metodológicos: reconocer la posicionalidad de quien investiga, practicar la coproducción y no la extracción de conocimiento, utilizar la triangulación metódica y mantener una ética del cuidado en contextos autoritarios.
Francis Silva precisó que se están construyendo herramientas colectivamente, mencionando la investigación-acción participativa, que permite capturar experiencias y significados y dialogarlos de forma horizontal; el ejercicio etnográfico situado; las cartografías sociales; y las metodologías feministas e interseccionales, las cuales, según Silva, «aportan una mirada disruptiva precisamente reconfigurando ciertos conceptos, como el de territorialidad ligándolo al cuerpo». Elvira Cuadra añadió que más que la herramienta en sí, lo crítico es el enfoque desde el cual se sitúa el investigador o la investigadora. En esta misma línea, Carlos Berríos Solórzano denunció el extractivismo académico, refiriéndose a investigadores e investigadoras que se acercan a los sujetos para sacar información, validar sus hojas de vida y cumplir sus requisitos académicos sin mantener un seguimiento ni compromiso con las personas.
La investigación ha sido criticada largamente por su historia colonial y extractivista. Las metodologías participativas, feministas y decoloniales han ofrecido alternativas, pero su implementación en la investigación concreta sigue siendo un desafío. ¿Cómo coproducir conocimiento sin caer en la ficción de la horizontalidad absoluta? ¿Cómo mantener el rigor analítico sin reproducir jerarquías epistemológicas?
Superar la narrativa del déficit: Hacia una política de la esperanza
Para iniciar el debate sobre esta apuesta política se planteó una pregunta crucial: ¿cómo podemos visibilizar nuevas formas de subjetividad y prácticas políticas sin descuidar el análisis del contexto, construyendo narrativas que trasciendan la mirada exclusiva de la crisis?
El primer paso es reconocer las distintas formas de acción política que hay más allá del marco institucional, así como los logros del accionar político de las juventudes, explicó Silva. Otra de las cosas importantes que se deben poner sobre la mesa son las emocionalidades como agentes movilizadores de la acción social. Tradicionalmente, se le da mayor valor epistemológico a la racionalidad y no se incluyen categorías emocionales en los marcos de análisis. Sin embargo, muchas decisiones políticas de grupos sociales están condicionadas por relaciones afectivas y políticas que construyen en el tiempo, siguió añadiendo Silva.
Juan Carlos Gutierrez fue enfático al señalar que no se debe romantizar la crisis, pero las narrativas exclusivamente centradas en los déficits producen efectos perversos. «Invisibilizando la agencia», explicó. En cambio, si se entra desde la esperanza y el proyecto, se permite generar una identificación de capacidades individuales y colectivas. Elvira Cuadra coincidió y añadió que una de las narrativas más importantes que hay que resaltar es la capacidad de agencia y de cambio social de las juventudes y de los actores sociales emergentes.
Esta discusión sobre la narrativa del déficit tiene implicaciones éticas y políticas. Los enfoques críticos han respondido a esto con estudios que muestran la agencia, la creatividad y la capacidad de transformación de las personas. Pero el desafío persiste: ¿cómo escribir sobre la crisis sin reducir a las personas a víctimas? ¿cómo visibilizar la esperanza sin caer en la romantización?
La reconciliación como pregunta abierta
La situación política de Nicaragua se caracteriza por un régimen autoritario consolidado bajo el liderazgo de Daniel Ortega y Rosario Murillo, quienes han eliminado los contrapesos institucionales, perseguido a la oposición, cerrado espacios cívicos y despojado de la nacionalidad a cientos de opositores tras las protestas de abril de 2018.
En este contexto de cierre democrático, persecución política y fragmentación del tejido social, la reconciliación surgió como tema en el conversatorio no como un mandato moral o una fórmula de pacificación, sino como una pregunta política abierta: ¿con quién reconciliarse, en qué condiciones y hacia qué tipo de sociedad queremos llegar? Como señaló Carlos Berríos Solórzano, pensar la reconciliación implica evitar una «reconciliación romántica o sin justicia» y reconocer que el autoritarismo ha secuestrado al Estado, fragmentado a la sociedad y hecho que muchas personas, especialmente las juventudes, pierdan la capacidad de soñar el país que quieren. La reconciliación, entonces, no puede significar olvido, silencio ni aceptación del statu quo, sino que debe pasar por el reconocimiento de las víctimas, la justicia, la verdad y la construcción de un proyecto común que permita imaginar futuros distintos al autoritarismo.
El conversatorio Re-Tejiendo lo político ofreció una reflexión profunda y necesaria sobre las limitaciones de las categorías tradicionales para estudiar la cultura política en Centroamérica. En este se mostró que la región requiere nuevos marcos conceptuales que reconozcan la pluralidad de culturas políticas, las formas emergentes de participación, la importancia de la memoria y los cuidados, y la necesidad de investigar desde un enfoque ético y situado.